Mocito feliz y el candidato

A veces vemos cómo lo que ocurre en la política nacional tiene su trasunto, en pequeñito, en la local. En pequeñito por la trascendencia de los asuntos que se abordan en uno y otro mundo, y también en pequeñito por la dimensión personal -muy “chiquitita”-, del sujeto en cuestión. Cuando el presidente del Gobierno difunde fotografías suyas junto a figurantes disfrazados de ciudadanos de la calle para aparentar un “gobierno de la gente”, lo único que logra es poner de manifiesto un desesperado y estéril intento de mostrar un apoyo popular que objetivamente todos sabemos no tiene. Pero cuando quien sigue la misma estrategia es el autoproclamado “Pacoalcalde”, ese experimento pasa, de ser patético, a convertirse en ridículo.

El candidato socialista local parece ser el único que no se entera del pitorreo general que provocan sus continuos intentos de estar en la primera fila de cualquier evento social del que se tenga la sospecha que cubrirá un fotógrafo. Cuando “Pacoalcalde” una y otra vez fuerza hasta la extenuación la máquina para colarse en la foto de familia de cualquier celebración organizada por una asociación, no hay nadie dispuesto malgastar esfuerzos en decirle que allí no pinta nada… Pero eso no significa que nadie lo piense, sino que todos prefieren callarse y reírse de la situación una vez terminado el acto.

La semana pasada ocurrió lo que, a fuerza de tentar una y otra vez a la suerte, alguna vez tenía que suceder. Pinchó en hueso cuando se empeñó en sentarse en el banco de las autoridades en un acto de homenaje organizado por los abogados, un evento para el que lógicamente no recibió invitación de los profesionales rondeños porque a estos actos sólo se invitan en calidad de autoridades a las autoridades. “Ridículo” fue la expresión más comentada para describir la actitud de una persona que, con la pretensión de dar la apariencia de una imagen institucional, lo único que consiguió fue acabar asemejándose a aquel personaje de la década de comienzos de dos mil conocido por “mocito feliz”. Y es que resulta verdaderamente difícil encontrar un apelativo más descriptivo que éste para encarnar al protagonista de esta historia.

Si por el temor a que alguien te pueda hacer sombra te rodeas de aduladores en lugar de personas inteligentes, el pago que tendrás que satisfacer por no tener competidores en tu reino de Taifas será que nadie te diga que “el rey va desnudo”. Porque hasta entre ellos mismos se comenta el triste papel que les ha quedado a los concejales, esos que de pronto han descubierto que su función se limitaba a la de ser unos meros pagafantas que han calentado el banquillo estos años en los que, para más inri, han tenido que obedecer sus manejos desde la sombra: algunos ahí siguen, esperando las migajas del reparto en la futura lista electoral. Los que han decidido poner pie en pared, como Rafael Márquez, han sido desterrados políticamente. El candidato no tiene nadie a su alrededor que esté dispuesto a decirle lo que todo el mundo comenta a sus espaldas, no vaya a ser que una crítica constructiva se interprete como un ataque a la figura del líder.

La campaña electoral que se avecina va a estar más que divertida. La puesta en escena de Cañestro comenzó con un hilarante auto homenaje que el mismo homenajeado difundió vía WhatsApp entre tirios y troyanos -todo muy “espontáneo”-, y continuó con la presentación en público por redes sociales de un rosario de cutre-eslóganes, que parecían haber sido inventados por cuatro amigos en una tarde de risas y cubatas.

No sabemos qué será lo siguiente, pero sí estamos seguros de que la realidad acabará superando a la imaginación. ¡Que no pare el espectáculo!

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