Sonrisa de esperanza

Fue un domingo de emociones encontradas. Aún me cosquillea el recuerdo si lo pienso. Tal día como hoy de hace exactamente dos años, todo el esfuerzo en mañanas interminables y noches largas, se transformaron en orgullo, un orgullo de victoria. Los que tanto tiempo callaron levantaron, por fin, la voz. Los que alguna vez sintieron desamparo, encontraron un abrazo. Pero nosotros no vencimos. El triunfo era de la gente. Tú también ganaste.

Andalucía durmió aquel 2 de diciembre con una sonrisa que aún perdura en el rostro de su gente, y un servidor recorre cada semana el camino de Sanlúcar a Sevilla con esa misma ilusión inefable que nunca termina de irse, al contrario: crece con cada proyecto, con cada reunión, con cada objetivo cumplido. Algunos lo llaman vocación.



Quizá por eso me siguen sorprendiendo tanto la lucha de poderes, el descaro de una mentira pronunciada abiertamente y ciertas derivas autocráticas, mejor o peor disimuladas. En ese terreno, los colores se mezclan. Después de cinco años en el Parlamento, sigo pensando que lo más difícil de alcanzar en política no es el verdadero poder, sino la verdadera honestidad. Porque el poder es un fin, pero la honestidad es un camino.

Llegados a la mitad de la legislatura de este Gobierno en Andalucía, puedo decir hemos avanzado en derechos sociales. Hemos devuelto la dignidad a colectivos olvidados. Hemos abierto diálogos que hasta hace poco parecían imposibles. Y, gracias a eso, hoy las mujeres víctimas de violencia, los niños y los dependientes disponen de más atención y más recursos, los autónomos ya no son una rara avis, sino una potencia valiosísima, y sindicatos, empresarios, cámaras de comercio y colectivos profesionales tienen una voz para contribuir con su experiencia a un mejor futuro para todos.

El parado ya no es un proscrito, sino un futuro empleado formándose, pero de verdad. El agricultor, un puntal al que defendemos con firmeza. El talento joven, una joya a la que ayudamos para que no se marche, y el docente, un líder que ya no está tan solo. Junto al sanitario, son los dos héroes para los que ningún aplauso es suficiente.

Teníamos una oportunidad. Una sola. No íbamos a malgastarla cometiendo los mismos errores. ¿Podemos decir entonces que estamos hoy mejor que hace dos años? Sí rotundo, pero con reservas. Que Andalucía respira otro aire no es una sensación. Es un hecho. Pero gobernar es lo más parecido a crear una pieza de artesanía en una superficie inestable. Requiere precisión y paciencia, sobre todo paciencia. Porque, a veces, con esfuerzo no basta, lo que construyes se desmorona, y tienes que volver a empezar.

Pero también necesita tiempo. Tiempo para ver. Y el virus lo ha desdibujado todo. Ha alterado la vida de millones de personas, y con ellas la percepción que la gente tiene de la política. Por las grietas que ha abierto ha entrado la intolerancia, el bloqueo al diálogo y la trinchera ideológica. Han entrado las verdades categóricas, tan peligrosas como la mentira más hipócrita. Si es de los que se preocupa de ver cómo se altera la escala de valores, enhorabuena, está usted en el centro. Y si es de los que piensa que la solución no es el castigo y la revancha se paga con más revancha, venga de donde venga, bienvenido, porque Andalucía le necesita más que nunca. Necesita valientes que duden. Valientes convencidos de que el camino fácil conduce casi siempre a una trampa.

Si algo me llevo cada día de las Cinco Llagas son dudas. ¿Lo estaremos haciendo bien? ¿Tendrá razón mi rival político? Creo que no hay otro camino para seguir a ras el suelo, con la misma gente que me puso aquí. La gente que mantiene la sonrisa de hace dos años, a pesar de la pandemia. Sonrisa de ilusión. Sonrisa de esperanza.

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