lo bueno, si cerca, dos veces bueno

Si hace poco salimos de ruta por los Montes de Málaga para no romper la restricción perimetral entre municipios y visitar uno de los enclaves más hermosos de la provincia, ahora que parece que las medidas contra la Covid seguirán un tiempo más posaremos nuestro pensamiento en un lugar mucho más cercano: el monte Gibralfaro en Málaga capital.

Convertido en lugar de peregrinación durante la desescalada por cientos (cuanto no miles) de boquerones que por fin encontraron una excusa para visitar este rincón elevado, no deja de ser un lugar muy cercano al que se puede acceder desde el propio centro de la ciudad, lo que crea una sensación de transición entre la urbe y la naturaleza muy curiosa propia del antropoceno en el que nos encontramos inmersos.



Y es que en la capital se erige un mirador que es una atalaya urbana: el mirador de Gibralfaro. La vista panorámica que ofrece este punto situado a 130 metros de altura sobre el monte Gibralfaro y junto a la Alcazaba quita el hipo.

Descubrir Málaga desde este mirador es una experiencia, si no inolvidable, bastante agradable: desde este punto elevado se contempla una de las imágenes más tradicionales de Málaga ciudad, con la plaza de toros de la Malagueta y el Paseo del Parque en primer plano.

Además, es parte y también punto de inicio de las sendas que recorren el monte de Gibralfaro donde además podemos disfrutar del conjunto monumental de la Alcazaba y el castillo homónimo.

Este recinto fortificado se construyó durante el siglo XIV por Yusuf I de Granada para albergar a las tropas y proteger la Alcazaba. Edificado sobre un antiguo recinto fenicio, la construcción primigenia también poseía un faro, que es precisamente lo que da nombre al monte de Gibralfaro (Jbel-Faro, Jabal-Faruk o monte del faro). ¡Anda, no no acostaremos sin saber una cosa más!

Como es bien conocido por los antimonárquicos, el castillo fue objeto de un fuerte asedio por parte de los Reyes Católicos durante el verano de 1487. Tras romper el bloqueo, Fernando de Aragón lo tomó como residencia, mientras que Isabel I de Castilla, más campechana ella, optó por vivir en la ciudad.

Una etapa, por tanto, que aúna de manera perfecta tanto el patrimonio histórico como el natural y en cuyos alrededores se desgranan los diversos caminos y sendas que recorren este enclave.

Lo más duro, quizá, de esta minúscula red de sendas es la subida. Y hay varios caminos que enlazan con la cima: desde la antigua Coracha, desde la calle Mundo Nuevo o desde el paseo Don Juan Temboury son las más socorridas.

Si preferimos una subida más tranquila y relajada, la mejor opción es la calle Mundo Nuevo: el ascenso es pausado, bajo una frondosa vegetación, y a lo largo del recorrido incluso encontraremos áreas donde hacer ejercicio o contemplar entre los árboles el paisaje malagueño que se muestra a nuestros pies.

Esta senda, buena y cercana y, por tanto, dos veces buena, es un paseo más que una ruta senderista, pero es que, en ocasiones, no hay que hacer grandes esfuerzos, ni marcharse lejos, ni comprar ropa deportiva cara para contemplar un hermoso paisaje, respirar aire puro, desconectar y, simplemente, caminar en paz.

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